Escritores y el miedo: cuando la hoja es navaja

Cristián Brito Villalobos. Escritor y Periodista y magíster en literatura

Recuerdo que cuando comencé a escribir, una de las lecturas que más me influyó en el camino que tomaría no fue precisamente una novela, poema  o un escritor en particular, fueron las citas. Recopilo muchas, miles de citas. Cada una marcada en libros con banderas de colores. Cada una de ellas marcadas meticulosa y reflexivamente. En mi ya lejano despertar literario, Ramón Díaz Eterovic, uno de mis escritores chilenos favoritos, me regaló La conducción de la vida, del francés André Maurois. Un libro maravilloso y fundamental, uno de esas obras que siempre están vigentes. Curiosa es la contemporaneidad del pensamiento.

El asunto es que Eterovic me lo regaló pues recalcó que ese era el libro para formar la  conciencia de un escritor y persona. Entonces, pensé, un escritor ¿nace o se hace? La respuesta es obvia; como en todo oficio se requiere una importante cuota de talento y otra de trabajo, ecuación que, en el caso de la literatura es aplicable solo en cierta medida, ya que escribir una novela implica mucho más trabajo investigativo y escritural propiamente tal que en el caso de la escritura de un poema, donde el acto en sí reside más en un impulso cuya imagen interior es plasmada por su creador- el poeta- en el papel y poema finalmente. Los impulsos de energía o deseos de escribir, ese llamado que no puede esperar como la náusea, responde en gran medida a un continuo cuestionamiento de la existencia misma del ser humano.

En lecturas formativas la lista de autores y títulos cambiará y rotará sin pausas; cada uno tomará lo suyo según quiera y entienda. En mi caso otra lectura vital ha sido El escritor y sus fantasmas,  ensayo de Ernesto Sábato en el que se abarcan los tópicos primarios que funcionan como eje formativo de un escritor y la relación con su oficio, para el que además parece estar predeterminado. Los fantasmas sabatinos son los mismos fantasmas que tengo. Eso sentí en el momento en que leí por primera vez el libro. Cada frase me hacía eco en el cerebro, cada párrafo describía fragmentos de mi propia ética e ideales.

Ambas lecturas, la de Maurois y Sábato siempre me acompañan. Son de esos libros que simplemente no pierdes, como si tuviesen un velcro sentimental que nos une. A pesar de que al leer muchas de las mismas citas marcadas en antaño y que hoy revisito ya no me identifico o simplemente ya no comparto, de todas formas entiendo que, a fin de cuentas, los fantasmas y miedos son autogenerados por el ente, el hombre, el sujeto que escribe y que, si bien sus historias o poesía puede representar a sus lectores, también es muy probable que en un tiempo lo deje de hacer, o simplemente descanse en la memoria.

Cierro libros y pienso las citas. Abro otros libros y marco otras citas.  Si es el yo lector o autor el que camba cambia o muta, no lo sé, pero a los primeros libros siempre regreso, en especial a los que desde lejos distingo. Aquellos que izan sus  banderas de papel desde mi biblioteca recordándome que flamean como la patria del otro yo que me habita, que no duerme ni menos olvida.

       



El Vicuñense

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