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Se fue Blanca Estela en Vicuña: La matriarca de los Flores-Paz con 102 años

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Este sábado en la madrugada y a la edad de 102 años partió a la eternidad Blanca Estela Paz Marín, la matriarca de una de las familias más numerosas y emblemáticas del Valle de Elqui, los Flores-Paz.

Su deceso se produjo por causas naturales en su domicilio ubicado en el sector céntrico de la ciudad de Vicuña.

Su vida fue un enorme ejemplo para su familia y para toda la comunidad elquina que la conoció, dejando un gran y valioso legado, además de su extensa familia compuesta por 10 hijos, 19 nietos, 36 bisnietos y 12 tataranietos. Su partida ha conmovido a los vicuñenses en vísperas del Día de la Madre. En memoria de ella, reproducimos parte de una entrevista que este medio le realizó a una de sus hijas cuando doña Blanca Estela cumplió 100 años de vida en octubre de 2019.

Había nacido el 5 de octubre de 1919 en Mulero, un sector al interior de Marquesa, Comuna de Vicuña. Su enseñanza primaria la cursó en la escuela de El Tambo, donde además ayudaba a la profesora en las clases. En 1941 se casó con Carlos Flores Flores, en la ciudad de Vicuña, cuando ella tenía 22 años, siendo su madrina de bodas una prima de Gabriela Mistral.

Posteriormente se trasladó junto a su esposo al sector La Cortadera, ubicado cerca de Mulero, su tierra natal. Ambos se dedicaron a la ganadería caprina y tuvieron sus diez hijos, cinco varones y cinco mujeres. Una de las hijas falleció a los pocos meses de vida. Luego de varios años se radicó en Vicuña, instalándose en una antigua casa ubicada en calle Chacabuco, en el centro de la ciudad.

El año 2002 perdió al compañero de su vida y quedó al cuidado de dos de sus hijas. Su casa se caracteriza por ser el punto de ventas de los ricos quesos de cabra que produce el ganado caprino de su familia.

Las claves de su longevidad y su excelente estado de salud que tuvo, tal vez, sean la buena alimentación y su vida plena de trabajo.

“Tanto ella como nosotros sus hijos consumíamos leche de cabra todos los días y en época en que no había, ella guardaba manjar de leche de cabra, le agregaba agua y nos daba. Ella preparaba la harina tostada, el café y el trigo majado; ella hacía el pan y siempre le gustaron los porotos y las naranjas. Tomaba agua pura y siempre tomaba su tecito después de almuerzo. Criaba sus gallinas y siempre tenía huevitos para darnos”, nos contaba una de sus hijas que la cuidó hasta su último día.

Agrega que siempre fue muy religiosa y que todos los días hacía sus rezos; le gustaba ver televisión y retenía todo lo que veía porque tenía una memoria a toda prueba. Por si fuera poco, leía sin lentes los libros católicos que le llevaban.

“Ella fue madre y profesora porque ella nos enseñó a leer y escribir allá en el campo donde no había escuela; así es que le debemos mucho a ella porque hizo todo lo posible por criarnos y darnos educación”, señalaba su hija.  Además, confesaba que su madre prefería el calor al frío y que le temía al viento fuerte y los temblores. Hasta sus 100 años doña Blanca tenía una salud envidiable: no presentaba enfermedades crónicas, caminaba sin apoyo, leía y firmaba sin usar lentes, su memoria estaba impecable y se valía por sí misma para desarrollar algunas labores de casa.

Lamentablemente, como en esta vida todo tiene su inicio y su término, ayer los hermosos ojos azules y mirada serena de Blanca Estela se apagaron para siempre; pero seguirán brillando en los corazones de su vasta familia y de quienes la conocieron y la apreciaron en vida. Sin duda, todo un ejemplo de mujer para recordar en este Día de la Madre.

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